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Educación en Valores Humanos
Los padres, ¿tenemos autoridad? PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Eduardo Cattaneo   

La autoridad bien entendida es la base para educar a nuestros hijos y es necesaria para ayudarles a crecer, desarrollarse como personas y ser felices.

 

La palabra autoridad deriva del verbo latino “augere”, que quiere decir ayudar a crecer. La misión de los padres es ayudar a crecer en todos los aspectos a sus hijos. Por ello, difícilmente podremos educar si no tenemos autoridad.

 

Desde el momento del nacimiento de un hijo, todos los padres disponen del mismo capital de autoridad. Pero observamos que hay padres que la pierden cuando el niño tiene apenas tres años y otros que van ganando en autoridad con sus hijos. ¿Cuál es la diferencia? ¿Cómo aumentar la autoridad o por lo menos conservar la que tenemos por el hecho de ser padres?

 

Hay que partir de la base de que la relación entre padres e hijos en edad escolar no es una relación de igualdad, sino jerarquizada. Podemos intentar ser amigos de los hijos pero sin olvidar que debemos ser fundamentalmente padres. Amigos tendrán muchos pero padres sólo dos. Si no ejercemos nuestra autoridad de padre/madre, nadie lo va a hacer por nosotros.

 

Cuando no tenemos autoridad, nuestro/a hijo/a se convierte en autoridad. Tendremos en casa un pequeño tirano, un dictador. Si nuestro hijo no encuentra autoridad en casa, la buscará fuera de ella. Buscará líderes que no siempre serán positivos para él o al llegar a la adolescencia se refugiará en el grupo al que seguirá y servirá ciegamente.

 
Hacia un cambio del paradigma familiar PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Esther Fragoso Fernández   

Está iniciando un siglo en el que se entreteje una realidad compleja, hay grandes problemas sociales donde los niños y jóvenes se desarrollan con intereses deshumanizantes, buscando un beneficio propio y desinterés por los demás, ya no hay sensibilidad ante lo que sucede en el entorno “mientras no me suceda a mi o a los míos”, la poca aceptación hacia quien es el otro, la falta de respeto a sus ideas, a la vida y al medio ambiente es lo mas común.

Esto provoca inestabilidad y desconfianza en las nuevas generaciones a quienes se les desmoronan “los modelos” del adulto y toda perspectiva de una vida mejor, incertidumbre que produce que busquen la inmediatez, todo lo que les rodea está en un cambio acelerado y se ha perdido el rumbo.

Los conflictos a los que la familia como institución se enfrenta, los problemas y desafíos que acontecen en la familia actualmente, no son sino el reflejo y la consecuencia de la misma sociedad actual en la cual se inserta. Los padres están “dentro de una supuesta libertad” abandonando a los niños y jóvenes, depositándolos en la escuela a quien se reclama la obligación de educarlos; obligación que los padres han decidido no cumplir.

La educación es la formación más importante que los seres humanos adquieren a lo largo de la vida, desde pequeños se recibe “crianza, enseñanza y doctrina…perfeccionamiento de las facultades morales, intelectuales y físicas“(Larousse 2001) lo cual establece los parámetros que van dirigiendo la existencia.

En familia no se recibe cualquier educación, ella es el primordial agente educador que prepara para vivir la vida: da principios de conducta, actitudes ante la vida, la valoración de uno mismo como persona, los valores tradicionales, el contacto con las verdades trascendentes que orientan la vida y le dan sentido, el encuentro con la propia realización como seres humanos.

 
El valor de la familia PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por El que busca encuentra A.C.   

 

El valor nace y se desarrolla cuando cada uno de sus miembros asume con responsabilidad y alegría el papel que le ha tocado desempeñar en la familia.

Al hablar de familia podemos imaginar a un grupo de personas felices bajo un mismo techo y entender la importancia de la manutención, cuidados y educación de todos sus miembros, pero descubrir la raíz que hace a la familia el lugar ideal para forjar los valores, es una meta alcanzable y necesaria para lograr un modo de vida más humano, que posteriormente se transmitirá naturalmente a la sociedad entera...
El valor de la familia va más allá de los encuentros habituales e ineludibles, los momentos de alegría y la solución a los problemas que cotidianamente se enfrentan. El valor nace y se desarrolla cuando cada uno de sus miembros asume con responsabilidad y alegría el papel que le ha tocado desempeñar en la familia, procurando el bienestar, desarrollo y felicidad de todos los demás.
Formar y llevar a la familia en un camino de superación constante no es una tarea fácil. Las exigencias de la vida actual pueden dificultar la colaboración e interacción porque ambos padres trabajan, pero eso no lo hace imposible, por tanto, es necesario dar orden y prioridad a todas nuestras obligaciones y aprender a vivir con ellas. Debemos olvidar que cada miembro cumple con una tarea específica y un tanto aislada de los demás: papá trabaja y trae dinero, mamá cuida hijos y mantiene la casa en buen estado, los hijos estudian y deben obedecer.
Es necesario reflexionar que el valor de la familia se basa fundamentalmente en la presencia física, mental y espiritual de las personas en el hogar, con disponibilidad al diálogo y a la convivencia, haciendo un esfuerzo por cultivar los valores en la persona misma, y así estar en condiciones de transmitirlos y enseñarlos. En un ambiente de alegría toda fatiga y esfuerzo se aligeran, lo que hace ver la responsabilidad no como una carga, sino como una entrega gustosa en beneficio de nuestros seres más queridos y cercanos.

 
Pistolas y violencia imaginaria PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Gerard Jones   

Que los niños desean jugar con pistolas y armas es un hecho universal. Los etnólogos han demostrado que en sociedades donde las armas de fuego no forman parte de la simbología local, los niños se dedican a juegos parecidos con arcos, flechas o espadas. En todas las culturas los pequeños siempre desarrollan fantasías sobre proyectar cierto poder destructor a través del espacio y así derribar a un temible enemigo con un simple gesto.

Tradicionalmente, estos pasatiempos servían de entrenamiento para la vida: se esperaba que los niños que crecían arrojando lanzas imaginarias acabaran arrojándolas de verdad cuando llegaran a la edad adulta. Pero incluso en la moderna sociedad estadounidense, en la que sólo una minoría de personas emplea armas en la vida real, prácticamente todo niño desea jugar a disparar de vez en cuando. Incluso en comunidades liberales de clase media en las que los niños nunca ven pistolas de verdad y el mensaje de los adultos es claramente contrario a ellas, continúa apareciendo esa necesidad de disparar. No son las armas en sí lo que los niños desean, sino el poder que albergan las pistolas imaginarias.

La “pistola” de la imaginación infantil no es en absoluto un arma, sino una varita mágica. Puede desempeñar varias funciones, especialmente la de la transformación.

Las pistolas de juguete son además la mejor herramienta que se tiene para relacionarse con otros niños. Los deportes separan a los jóvenes que destacan de los que no. Igual ocurre con los juegos de cartas y los de contar historias inventadas. Pero cualquiera puede disparar y caer muerto. Nos hace a todos iguales, permite que seamos nosotros quienes controlemos si demos en el blanco o no, acabando con nuestras inhibiciones. El tipo más grandulón y temido del vecindario puede gritarme “¡te di!” y yo responder “¡no, no me atrapaste!”, y así podemos seguir peleando sin complejos.

 


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