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Actitudes y valores PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Jorge Eduardo Noro   

Darle una mano y ayudar a la escuela significa aportar elementos para resignificarla o despertarla del sueño en el que se encuentra. Una escuela dormida o envuelta en sueños de autodestrucción no puede ser socialmente útil ni institucionalmente significativa... y esa sensación de “escuela vacía o comunitariamente disminuida, empequeñecida, desvalorizada” recorre nuestro escenario y se introduce en el corazón de muchos de nosotros. Más allá de los documentos oficiales, de los desarrollos teóricos de formulaciones ideales... los sentimientos chocan con ciertas imposibilidades que quiebran nuestra voluntad.
Como diestros integrantes de un equipo interdisciplinario convocado para resolver el problema edilicio de esta escuela, nueva y querida, intentemos comenzar nuestro trabajo por la fundación misma del edificio, utilizando también una palabra cuyo significado excede lo edilicio y se instaura en lo social.

LA ESCUELA ES FORMADORA DE HÁBITOS Y DE ACTITUDES
La escuela tiene un propósito netamente educativo, y educar es fundamentalmente desarrollar hábitos. Los hábitos pueden ser definidos como la segunda naturaleza de lo humano. El hábito es o que tenemos como propio y asociado necesariamente a uno mismo. Es la proyección del ser en el hacer: “casi sin pensarlo hago lo que soy, porque en algún momento construí con mi pensamiento y mi voluntad la decisión”.
Formar educativamente hábitos significa proponernos hábitos positivos, hábitos que conducen al bien. Nadie arma un sistema educativo para multiplicar vicios, sino para sembrar (y cosechar) virtudes. Aún los autores que rechazan la formación de hábitos, como Russeau, quieren liberar al ser humano natural del lastre de costumbres que la sociedad pone en cada uno de sus miembros... pero pretenden construir el camino para los verdaderos hábitos educativos y personalizantes.
Los hábitos vuelven estable la conducta y, por sobre los hechos circunstanciales, predisponen a enfrentar al mundo, a la realidad, al obrar y a las personas de un modo determinado: es lo que denominamos actitudes. ¿Qué son las actitudes? Son predisposiciones del obrar; se muestran en el individuo “dispuesto y preparado para”, “abierto de manera permanente a”, ”habituado voluntariamente”, "interesado en”.
La actitud es una conducta que se torna habitual y para ello requiere en su progresiva constitución, una iluminación intelectiva y una decisión volitiva. Es un tipo particular de hábitos que se concentra en los aspectos fundamentales de la persona y en sus relaciones con los demás.
Las actitudes constituyen un sistema relativamente estable de percepciones y evaluaciones, de sentimientos y emociones, de tendencias a la acción, organizado en relación a una situación significativa o con un objeto propuesto. Engloban elementos perceptivos, interpretativos y valorativos, y una disposición a la acción interior o exterior.
Tienden a expresarse respondiendo a los siguientes caracteres:
Autonomía: por la capacidad de decidir y de elegir la conducta, sin depender de la influencia de las circunstancias del momento.
Coherencia y constancia: por la capacidad de mantener en la conducta una dirección y un sentido constantes frente a los objetivos fijados.
Oportunidad: capacidad de evaluar, decidir, reaccionar con economía de tiempo y de medios, evitando la indecisión y la insignificacia operativa.
Facilidad: capacidad de aprovechar el aporte de los recursos internos en la dirección deseada, con rapidez y coherencia.
No hay educación sin formación de actitudes, sin contenidos actitudinales. Pero no se trata de un agregado supletorio de un núcleo sustancial constituido por los contenidos conceptuales y procedimentales.
La dificultad que implica someterlos a los esquemas tradicionales de evaluación puede hacernos concluir que es un complemento artificial y prescindible. Por el contrario: no habrá educación ni habrá escuela si es que no hay una constelación de actitudes que formen a la persona misma en su centro fundamental de decisiones.
Deberíamos preguntarnos: ¿es lo que efectivamente estamos haciendo en nuestras escuelas?


LA FORMACIÓN DE ACTITUDES Y CONSTELACIÓN DE VALORES
Las actitudes llevan al tema de los valores porque expresan los distintos modos de situarse frente a los valores de la realidad y de la vida. Entendemos el valor como una propiedad de las realidades objetivas, ideales o proyectuales, o una cualidad de ciertas formas del ser y del actuar por las cuales ciertas cosas son apreciadas, deseadas y realizadas.
Como el valor se muestra para ser reconocido, con explícito derecho a ser y a realizarse, se impone como una obligación que se debe respetar, atender y promover, como un ideal deseable inagotable, como tarea y al mismo tiempo como proyecto... Las actitudes deben guiarse por la apertura y la realización de tales valores.
Las actitudes se sitúan entre los valores y las conductas, constituyendo la mediación vivida entre los primeros y las segundas. Se derivan necesariamente de los valores y orientan efectivamente la conducta, comunicándole dirección, sentido, tensión y fuerza.
Si la historia personal del hombre es, en gran parte, la historia del descubrimiento, la definición, la determinación de los valores y la expresión y vivencia de los mismos en cuadros, jerarquías, proyectos y sistemas... Las actitudes son los comportamientos estables que los exhiben y expresan.
De la misma manera que clasificamos los valores podemos clasificar las actitudes. Hay una construcción simétrica de ambos trayectos, de tal manera que el terreno propicio para el florecimiento axiológico se debe producir en lo actitudinal.
Una escuela axiológicamente neutra, ajena, confusa o vacía... no puede pretender generar actitudes.
Una escuela cuyos discursos no estén recorridos por valores (y valores claramente jerarquizados) no puede pretender el desarrollo de conductas estables, de actitudes favorables. Una escuela que no sume a los discursos los hechos, a las palabras los modelos no hará florecer ni los valores ni las actitudes. Es posible que esporádicamente circulen por sus estructuras algunos valores y florezcan, por azar, algunas actitudes pero no logrará sembrar la constelación de valores y de actitudes que toda personalidad, con un perfil de auténtica humanidad, requiere.
La educación ha relegado en sus palabras y en sus estrategias este universo personal definitorio el nivel de humanidad. Es la sociedad quien paga las consecuencias. Mientras otros aspectos son objeto de medición y de seguimiento puntual (y determinan, en definitiva, las promociones), lo actitudinal y axiológico queda relegado a la improvisación y al buen saber y entender de los docentes. Todos saben que hay que hacer algo pero no hay acuerdos reales, ni estrategias efectivas para avanzar de manera sistemática en aquello que precisamente constituye el cuadro, el sistema articulado y armónico del plan personal de vida, del propio proyecto existencial.
Preocupados por lo inmediato descuidamos lo profundo; intrigados por lo que nos desborda silenciamos el fondo de la cuestión.


HÁBITOS, ACTITUDES Y VALORES: LO ESENCIAL DE LA EDUCACIÓN
Pueden asignársele otros papeles a la educación o puede discutirse la responsabilidad de las diversas instituciones (familia, escuela, sociedad), pero no puede ponerse en dudas que en esto consiste educar: (1) en formar hábitos positivos y favorables, (2) en desarrollar actitudes humanizantes y humanizadoras, (3) en descubrir el universo axiológico, facilitando la incorporación de los valores. Sencilla y esencialmente en eso.
Esa tarea rehuye todo tipo de dispersión y reniega de la fugacidad de las modas pasajeras; se nutre de prácticas, de costumbres, de tradición, de incansables repeticiones. Los discursos que atraviesan esta propuesta educativa son redundantes, insisten en momentos oportunos e inoportunos, advierten, ejemplifican, muestran, reprenden, alientan, corrigen, sancionan, muestran rl camino, sugieren, someten a crítica, instauran la duda.
Como buen cimiento presta servicio desde las profundidades, hunde su fortaleza en la raíz y es su consistencia – hecha de conducta estable y ya no discutida – lo que le permite convertirse en sostén del edificio entero.
Tal vez puedan aparecer algunas discusiones en torno a las denominaciones de estas estrategias:
(1) formación en las virtudes, (2) modelos de comportamiento o adaptación, (3) procesos de maduración y de socialización... pero, en suma, lo que interesa es esta constelación de valores que se hace “obrar permanente” y responde a ideales de humanidad.
Es sabido que en toda educación, la formación de actitudes es una tarea tan básica como la trasmisión de contenidos. No tanto porque como se cree los contenidos se olvidan y se cambian, mientras que los esfuerzos hechos sobre la voluntad son más estables y a veces definitivos, sino aobre todo -porque la predisposición en el obrar sigue siendo la pieza clave para construir todo el edificio.
Actitudes son aquellas tendencias y predisposiciones aprendidas y relativamente fijas que orientan la conducta y que previsiblemente se manifiestan ante una situación y objeto determinados. Pero la actitud es una predisposición conductual que adquiere la persona al contacto con la experiencia.
Esta formación de hábitos, actitudes y valores debe interpelar no solamente a la escuela, sino a la familia, al proceder de los padres, a los dictados de la misma sociedad.

 

LO ESENCIAL DE LA ESCUELA: CREAR ACTITUDES Y VALORES A TRAVÉS DE LA MEDIACIÓN CULTURAL
Las actitudes no se identifican con el simple obrar o con los hechos, sino que mientan una estabilidad en el obrar y una consistencia en los hechos. Frases como "tiene una actitud favorable", "qué mala actitud", "lo demuestra con sus actitudes no con sus palabras", "a pesar de todo es admirable su actitud frente a los demás"... están remitiéndonos a algo estable que se encarna en uno y que se muestra como propio de la personalidad.
No se trata de algo innato por el que unos tienen actitudes favorables y otros nacen con actitudes nocivas. Puede haber algunos condicionantes personales y sociales que predisponen pero no obligan: se trata del resultado de la interrelación del individuo con el medio. En ese interjuego (familia, amigos, sociedad, medios de comunicación, padres, contextos, experiencia, palabras...finalmente también la escuela) el individuo desarrolla una serie de conductas estables que puede caracterizar su relación con la realidad.
Y aquí llegamos al corazón del problema. La formación de actitudes no es exclusividad de la escuela, sino tarea de diversos agentes educativos. En la escuela, la formación de hábitos y de actitudes, y la apertura a los valores está directamente relacionada con la mediación cultural. La escuela tiene como misión social específica: la de educar a través de la transmisión sistemática, crítica y creativa de la cultura vigente. La formación educativa básica (hábitos, actitudes, valores) no constituye un fin en sí mismo sino que es condición de posibilidad para el ingreso del sujeto en el medio social y cultural.
Se trata de una subordinación y de una instrumentalización que en modo alguno desvaloriza la tarea, sino que la convierte en el prolegómeno necesario para toda posible labor educativa y escolar. La escuela no puede cumplir con su función específica –y de hecho no la cumple– si no cuenta con estos presupuestos adquiridos o si no contribuye a su desarrollo y a su consolidación.
Sin actitudes, sin una radical apertura al valor no hay posibilidad de aprendizaje, sino simulación, mero simulacro: el docente habla, explica, desarrolla, propone... y los alumnos memorizan, copian, transcriben, suman hojas, cumplen, zafan, aprueban, olvidan y tiran... Solamente la presencia de actitudes favorables permite descubrir el valor de la cultura, del aprendizaje, del conocimiento, de la duda, el paso de la ignorancia y el error a la certeza y a la verdad; en el contexto del valor y el interés, el conocimiento se revela, se hace manifiesto...
Algo similar sucede con lo procedimental: el alumno mecánicamente repite, imita, se aburre, hace lo de siempre... o el educando aprende, transfiere, sabe para siempre, consolida sus aprendizajes, sabe hacer definitivamente...
¿Será por eso que algunos alumnos (o grupos enteros) transitan una y otra vez por los mismos temas sin que los incorporen y sin que reparen en esa tediosa repetición? ¿Es que alguna vez lo aprenden?
¿Puede hablarse de evaluación, de acreditación, de compensación, de promoción si no se ha “despertado” en el ámbito de las actitudes el interés, la preocupación, el respeto por el conocimiento, el valor por el territorio de la cultura que cada “espacio curricular” (área, materia o disciplina) debe transmitir? ¿Cuántos pasan por la escuela sin que nada ni nadie los despierte de su letargo, sin que se apasionen por algo de la escuela misma, sin que una porción de conocimiento o saber lo atrape y los entusiasme?


LO ACTITUDINAL: LA LLAVE QUE PERMITE ABRIR LA PUERTA DEL CONOCIMIENTO DE LOS PROCEDIMIENTOS
Con la feroz circulación de la información y en el torbellino de la sociedad postmoderna, fueron partiendo de la escuela los conocimientos significativos y quedaron solamente los conocimientos repetitivos y vacíos, luego fueron escapándose los procedimientos, y finalmente nos quedamos sin actitudes. Los alumnos pueden o no aprender, pueden o no hacer... pero en definitiva muchos de ellos, a medida que pasan los años, se van vaciando de interés, conciencia, compromiso y terminan por desnaturalizar la tarea de los educadores y el funcionamiento mismo de la escuela.
Unos y otros (asociados a un sistema cómplice) montan una gran escena y en ella desempeñan teatralmente roles en los que cada uno finge creer y actuar lo que en definitiva no es ni hace.
Esta situación (que podemos observarla, padecerla relativizarla o negarla) no se resuelve solamente devolviendo conocimientos, predicando la significatividad de los mismos, conectando el aula con la realidad, tirando abajo los muros, poblando los espacios escolares de recursos mediáticos y virtuales, multiplicando quehaceres e imaginando aprendizajes repletos de transferencias y de aplicaciones, aturdiendo a docentes y alumnos con multitud de proyectos especiales...sino abriendo las puertas de la escuela con el picaporte de las actitudes y de los valores. Si se desarrollan las actitudes tiene sentido recurrir a la riqueza de la transformación renunciada...
Pero, ¿de qué actitudes básicas estamos hablando? Nos permitiremos enunciar algunas porque la reflexión debería llevarnos a ampliar creativamente el elenco:
Interés por lo específico de la escuela, por la cultura en sus más vastas y disímiles manifestaciones; interés por aquello que socialmente constituye a la escuela: acceder al saber, estudiar, aprender, adquirir los instrumentos de civilización.

Descubrimiento, respeto, aprecio por el conocimiento y por el saber: el histórico, el ajeno, el propio; el que se recuerda, se correlaciona, se registra, se critica, se recrea. Valorización de los instrumentos de la cultura: los libros, los materiales de trabajo, las propias producciones y creaciones, el resultado del empeño diario, los instrumentos audiovisuales y los de soporte informáticos.
Reconocimiento del valor de uno mismo como sujeto de aprendizaje: asumirse como alguien que tiene predisposición y capacidad de aprender, de perfeccionarse, de crecer.
Reconocimiento del valor del sujeto que enseña: respeto a la función social del docente, de su saber, de su profesión y de su vocación, de su entusiasmo y de su apasionamiento por disciplinas, temas o desarrollos.
Reconocimiento del valor del otro que aprende, del compañero de aprendizaje. El amigo o compañero de la escuela no es el objeto principal de la presencia en la misma, sino que su valor deviene y de fortificar porque es alguien que comparte la aventura de aprender (así como en otros órdenes comparte otras aventuras).
Sentido de la ubicación en el espacio y en el tiempo escolar: la posibilidad de entender y ejercitar el silencio, el uso de la palabra, el trabajo personal, el trabajo grupal, la participación general, la atención, la espera.
Sentido de la autoridad del que dirige y educa y sentido de la obediencia: un contrato social en el que hay una relación asimétrica que exige reconocimiento del rol específico del otro en un clima de respeto mutuo.
Valorización del esfuerzo, del cumplimiento, de la voluntad, del trabajo, de los aprendizaje y de los éxitos escolares. Es necesario romper con una cultura de la improvisación, la postergación, la copia, la sujeción a principios hedónicos, la desacreditación de los resultados de la escuelas, principalmente desterrando la tradicional “condena social” a quienes se dedican a ella con responsabilidad y esmero.
Descubrimiento y amor por la verdad a través de la práctica de la sinceridad en el humilde teconocimiento de las propias virtudes y fragilidades ante uno mismo y ante los demás.
Sentido crítico e interrogante: la capacidad de manifestar los disensos, las otras versiones o visiones, los propios y fundamentados puntos de vista.
Despertar de la curiosidad que mueve y que inquieta, que nos inserta en la búsqueda (para aprender y para enseñar). Lo fundamental es que profesor y alumnos adopten una actitud dialógica, abierta, curiosa, indagadora. Lo que importa es que ambos se asuman como seres epistemológicamente curiosos.
Aprecio por un código común consensuado y respetado: pautas de comportamiento que traducen en normas explícitas o implícitas la manera de convivir en el ámbito de la escuela.
Actitudes de respeto que no buscan la excepción o la justificación, sino que simplemente se ciñen a lo pautados.
Visión realista y confiada frente al futuro que se construye también desde la escuela: el porvenir no parece como un horizonte lejano e inasible, sino próximo y sujeto a las propias decisiones. Un futuro que compromete el trabajo personal en la construcción o recreación de la cultura, en la configuración de lo real.
Este elenco provisorio nos obliga a un exámen de las propias prácticas y de las propias instituciones, marcando nuestras fortalezas y nuestras debilidades, nuestras oportunidades y nuestras amenazas.
No resulta extraño imaginar a la escuela del relato, despertando de su sueño y mirando alborozada cómo nosotros, sus esperanzados constructores, vamos definiendo la estructura de sus futuros cimientos.


LA ESCUELA: ACCESO A LA CULTURA Y A SU TRANSMISIÓN SISTEMÁTICA, CRÍTICA Y CREATIVA
Es indiscutible que la escuela debe ser formadora de actitudes y una escuela de valores. Lo es también la necesidad de encontrar la forma de fortalecer la instauración de hábitos básicos que permiten descubrir principios fundamentales de la propia dignidad personal y de la dignidad de los demás. Sin embargo, el educando no llega virgen a la escuela, sino que ya ha sido iniciado en los hábitos, las actitudes, los valores. La escuela debe profundizarlos y subordinarlos a su fin último: la mediación cultural que desempeña.
Ni Condorcet en el siglo XVIII (en el corazón de la revolución francesa), ni Sarmiento en el XIX (luchando por instaurar a través de la escuela los recursos civilizatorios en una sociedad en formación) hubieran adherido tan rápidamente a estos principios. Interesados en multiplicar la presencia de las escuelas, limitaban su responsabilidad estrictamente educativa. Si bien es cierto que las escuelas estaban para moralizar y civilizar, los fundamentos de toda educación recaían en la familia responsable; la función específica de la escuela era la instrucción, el acceso sistemático a los instrumentos civilizatorios (la cultura objetiva que se incorpora como cultura subjetiva en el saber y en el hacer). Tal vez por eso hablaban más de instrucción que de educación.
Hoy, navegando en un mar más turbulento y en el contexto de una sociedad en transformación constante podemos discutir esas afirmaciones: la familia ha modificado su estructura y sociológicamente tiene una constitución inestable: la escuela –como en tantas otras cuestiones- debe hacerse cargo de muchas funciones que en el pasado reposaron en la célula básica y que ahora se descubren y desarrollan (supuestamente) en la escuela...
No deberíamos olvidar, sin embargo, que los valores básicos y las actitudes fundamentales parecen en la escuela en torno a sus funciones vertebradoras: en el proceso del enseñar y el aprender, en el acceso a los diversos ámbitos de la cultura, en la sistemática de los conocimientos.
El quehacer esencial sigue siendo ése, aunque menesterosos de las condiciones básicas para su transmisión, su adquisición, su significatividad, su recreación y su producción debamos iniciar el camino revisando los fundamentos de toda labor educativa... y debamos acompañar el caminar con un fortalecimiento permanente de lo actitudinal.
Por ejemplo, se requiere una creciente actitud favorable para el estudio y el aprendizaje; si esta actitud se logra adquirir y ejercer, se entenderá que los procesos de aprendizaje no siempre son interesantes, agradables, placenteros, pero si se ha consolidado una predisposición habitual, casi naturalmente se verá como valioso el esfuerzo y la acción, contrariando otras pulsiones y deseos, saltando las demandas de otros valores o antivalores.
El buen juicio del docente nos advierte que se debe ejercer la autoridad tomando decisiones, orientando actividades, estableciendo tareas, logrando la producción individual y colectiva del grupo. Esto no es señal de autoritarismo, sino ejercicio de la autoridad cumpliendo con el deber.
Pero para que ello sea posible se requiere una actitud favorable de los educandos que responden la autoridad moral e intelectual, que están abiertos y dispuestos frente al universo cultural que se transmite, que aceptan el código implícito que los “somete” para liberarlos (que los obliga a incorporar determinado bagaje cultural para ejercer la autonomía social y creativa).
No es que en la escuela no haya alumnos con los caracteres mencionados. Muchos recordarán o reconocerán el perfil de algunos o de muchos. Es que la escuela es realmente escuela porque segura estas disposiciones de manera estable y progresiva en la mayor cantidad de sus usuarios.
No se trata de excepciones, sino de pautas normales.


HÁBITOS, ACTITUDES Y VALORES: TRANSVERSALES Y LENGUAJE TOTAL

No hay un lugar, un momento, un taller, un proyecto, un conjunto de actores directos que sean responsables de construir los fundamentos, de sentar las bases, de crear las condiciones para los hábitos, las actitudes y los valores. Es la escuela, todos sus tiempos, la multiplicidad de sus lugares y de sus actividades, la totalidad de sus actores, el proyecto institucional mismo.
Tal vez, estratégicamente podamos optar por instalar algunos proyectos desencadenantes de valores olvidados, de actitudes silenciadas o de hábitos en desuso. Pero esta propuesta formativa involucra a la totalidad, cruza transversalmente los discursos y las prácticas, se instala en todas las dimensiones.
Aunque los transversales pueden constituir temas, núcleos problemáticos, cuestiones inter o transdisciplinarias, los transversales esencialmente apuntan a los contenidos procedimentales y son una exigencia ineludible en el ámbito de lo actitudinal. La totalidad de las acciones de un momento dado (año, ciclo, mes, trimestre) y la totalidad de las acciones de todo un trayecto formativo (desde el inicio hasta la finalización de la EGB, por ejemplo).
La transversalidad no es más que el “lenguaje total” que rodea las prácticas educativas escolares, es el currículum que se expande en sus alcances y que envuelve todas las acciones.
En una concepción educativa de este tipo –enmarcada en un proyecto institucional coherente y dinámico, y en un proyecto curricular consecuente – cada una de las actividades y de los actores abandona la neutralidad para convertirse en factor de crecimiento y desarrollo o factor de deterioro y retroceso. No se trata de ponderar algunas clases, momentos y acciones en desmedro e otros. Lo que algunos omiten o hacen mal incide en el proceso total. De allí que en la formación de hábitos, actitudes y valores todos y todo deben contribuir a una meta compartida.
El código de este “lenguaje total” no es sólo el discursivo (advertencias, explicaciones, consignas, palabras) sino testimonial y vital. Dentro de una humana ejemplaridad, la escuela debe reflejar en los hechos los valores y las actitudes que predica y defiende.
Hay todo un trabajo institucional que puede desencadenarse para hacer ciertas explicitaciones desde determinadas disciplinas, áreas, docentes y momentos, dando coherencia a un proyecto lobal que necesita ponerse en marcha.
Fue un acierto pensar la formación moral y ciudadana como un transversal que recorre el sistema contribuyendo a definir las conductas y las actitudes de los alumnos (como individuos y como miembros de la sociedad). Tal vez se haya postergado una clara y sincera revisión de las instituciones educativas para certificar si efectivamente se encontraban en condiciones de emprender un rol tan den significativo y trabajoso en las condiciones reinantes. Sin pena ni gloria, muchos de los transversales sobreviven en los papeles sepultados por la realidad.
La escuela adormecida parece despertar de su letargo y reencontrarse con formas pretéritas que, tal vez, no debieron desaparecer porque eran su razón de ser. Había muchos aspectos negociables en su estructura... pero algunas cuestiones nunca debieron discutirse, ni desaparecer.


MAS ALLÁ Y MÁS ACÁ DE LA ESCUELA: SOCIEDAD
Hoy la escuela se ha secularizado como la mayoría de las instituciones de nuestra sociedad. Padece los mismos males que otras estructuras sociales que parecían haber comprado pasaporte de eternidad. Han soportado los vaivenes del tiempo y en el paisaje urbano su presencia no puede competir – salvadas honrosas y contadas excepciones – con el resto de las majestuosas construcciones. En algunas geografías las escuelas parecen imitar la fragilidad edilicia y social de sus vecinos y de sus usuarios.
Pero la “escuela-institución” también depende de la sociedad que la rodea, que la abraza, que la cobija o que la ahoga. Si antes la procreó y la endiosó, hoy la relativiza y muchas veces la ignora.
Antes y después de la escuela, en los horarios y en las etapas de la vida, en los espacios y en las referencias, está la sociedad toda. Allí –en la vida misma– se juegan los partidos definitivos, las verdaderas finales.
No deberíamos depreciar el valor de la institución-escuela, ni rebajar las contribuciones del trabajo docente, pero debemos justipreciar sus alcances. Una sociedad abierta a los verdaderos valores, defensora de actitudes humanizadoras, formadoras de verdaderos hábitos es el marco que se requiere para respaldar las limitadas posibilidades de la educación escolar. Sin bajar los brazos y sin decrecer en nuestro esfuerzo no querríamos sentirnos como Gulliver en el país de los Gigantes, porque no siempre tenemos vocación de David para enfrentar a Goliat o la astucia de Ulises para vencer a Polifemo.


UN FINAL ABIERTO A LA ESPERANZA
“No. No estoy soñando. Una escuela nunca duerme. Hay sobresaltos y sufrimientos que uno quisiera que no fueran reales, pero a Ustedes no puedo engañarlos. Creo que mis estructuras se han ido debilitando y que muchos se han aprovechado de mi fragilidad. Pero soplan vientos de conciencia crítica y de entusiasmos renovados, se deja oír el murmullo de un mundo que se va y de una civilización que nace, florecen caminos abiertos y nuevos heroísmos hurdidos en la trama de esfuerzos cotidianos. Siento que la presencia de tantos educadores preocupados por mis padecimientos es mi mejor remedio. Y que la esperanza se instala en cada uno de ustedes para recrearme para siempre”.

Revista Iberoamericana de Educación (ISSN: 1681-5653)

www.valores-mexico.org

 

Comentarios 

 
0 #3 monica 22-02-2013 21:46
El artículo se publicó en la Revista Iberoamericana el 10 de Enero de 2004
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0 #2 karla 17-02-2013 18:07
de que a;o es este articulo???
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0 #1 Angeles Morales 04-11-2012 08:27
Le felicito por los conceptos vertidos.
Su artículo ha sido de gran ayuda en mi práctica docente.
El final, ¡genial!
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