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Pistolas y violencia imaginaria PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Gerard Jones   

Que los niños desean jugar con pistolas y armas es un hecho universal. Los etnólogos han demostrado que en sociedades donde las armas de fuego no forman parte de la simbología local, los niños se dedican a juegos parecidos con arcos, flechas o espadas. En todas las culturas los pequeños siempre desarrollan fantasías sobre proyectar cierto poder destructor a través del espacio y así derribar a un temible enemigo con un simple gesto.

Tradicionalmente, estos pasatiempos servían de entrenamiento para la vida: se esperaba que los niños que crecían arrojando lanzas imaginarias acabaran arrojándolas de verdad cuando llegaran a la edad adulta. Pero incluso en la moderna sociedad estadounidense, en la que sólo una minoría de personas emplea armas en la vida real, prácticamente todo niño desea jugar a disparar de vez en cuando. Incluso en comunidades liberales de clase media en las que los niños nunca ven pistolas de verdad y el mensaje de los adultos es claramente contrario a ellas, continúa apareciendo esa necesidad de disparar. No son las armas en sí lo que los niños desean, sino el poder que albergan las pistolas imaginarias.

La “pistola” de la imaginación infantil no es en absoluto un arma, sino una varita mágica. Puede desempeñar varias funciones, especialmente la de la transformación.

Las pistolas de juguete son además la mejor herramienta que se tiene para relacionarse con otros niños. Los deportes separan a los jóvenes que destacan de los que no. Igual ocurre con los juegos de cartas y los de contar historias inventadas. Pero cualquiera puede disparar y caer muerto. Nos hace a todos iguales, permite que seamos nosotros quienes controlemos si demos en el blanco o no, acabando con nuestras inhibiciones. El tipo más grandulón y temido del vecindario puede gritarme “¡te di!” y yo responder “¡no, no me atrapaste!”, y así podemos seguir peleando sin complejos.

Es evidente que jugar con pistolas no nos parece hoy lo mismo que lo que nos parecía cuando éramos niños. El doctor Donald Roberts apunta “”cuando mi hijo era pequeño le expliqué lo que eran las armas de verdad, pero le dejé jugar con pistolas de plástico. Ahora, cuando viene a visitarme con mis nietos y éstos traen sus ametralladoras de juguete, me descubro pensando que me gustaría que no les dejara jugar con ellas. La razón es que hoy en día veo que muchos niños pasan de este tipo de juguetes a esos videojuegos en los que deben disparar a contrincantes muy parecidos a los seres humanos, una situación en la que el hecho de disparar está muy cerca de la realidad”.

Habría que preguntarse en qué medida esta preocupación no se inspira en el auténtico temor de que nuestros hijos acaben siendo matones y en qué medida es simplemente fruto de la incomodidad que como adultos experimentamos ante aquellas formas de entretenimiento que nos recuerdan la violencia de verdad.

Los niños se merecen ambas cosas: un mundo adulto exento de violencia y en el que la agresividad esté bien conducida, y un mundo infantil de fantasías en el que no se interpongan los temores de los adultos.

Una de las cuestiones que más preocupa a los padres es su incapacidad para supervisar a sus hijos cuando ven la televisión o se sumergen en los videojuegos. Incluso cuando controlan rigurosamente su uso en casa, los chicos siempre tendrán oportunidades de ver la tele y jugar sin supervisión en casa de algún amigo. Estos padres confían en que su presencia será capaz de mitigar los efectos de los medios, pero temen lo que puede ocurrir durante su ausencia.

La realidad es que el poder de los padres es tan superior al del entretenimiento, que una buena conversación tiene el mismo valor que infinidad de horas de televisión.

Solemos infravalorar la capacidad que tienen los niños para comprender qué es real y qué no lo es. Los niños pequeños no tienen ningún problema para darse cuenta de que la violencia de los dibujos animados es irreal, incluso cuando tienen dos años. Normalmente la primera tarea de un niño que ve la televisión no es distinguir lo que ve en ella de la realidad, sino aprender que esas extrañas imágenes se relacionan, de algún modo, con la realidad.

Los niños deben entender que lo que experimentan durante una escena de lucha es una divertida sensación de poder, y esta sensación de poder ficticio, si se disfruta abiertamente, alivia en algo su necesidad de fingir, para sí mismos, ser más fuertes de lo que son.

Los niños aprenden rápidamente que la ficción es un mundo aparte, y necesitan sentirse a salvo al entrar en ese mundo. Los niños reciben constantemente el impacto de la realidad, normalmente de forma bastante estresante. El entretenimiento es el antídoto a la realidad. La fantasía tiene efectos terapéuticos si se le permite actuar a largo plazo, pero esto requiere que se le conceda el seguir siendo fantasía.

El entretenimiento tiene una gran influencia cuando le habla a algún aspecto de la vida del niño al que de otra forma nada o nadie se dirigiría. Es de vital importancia que los padres aporten su conocimiento adulto del mundo sin desacreditar la perspectiva del niño, igualmente real. Primero se enseña sirviendo de modelo, luego haciendo de reflejo y luego comunicando. Podemos ser modelos de no-agresión, empatía, respeto, trazar una clara distinción entre fantasía y realidad, así como lograr una comprensión de la agresividad y otros sentimientos que nos asustan. Podemos ayudar a los jóvenes a aprender a confiar en sí mismos y a ocuparse de ellos mediante la afirmación de sus sentimientos y fantasías. Podemos ser sus mentores y mostrarles los trasfondos y las implicaciones de los programas de televisión y otras formas de entretenimiento, así como alentarles a canalizar sus fantasías de modo productivo.

Respetar las fantasías de los niños, alentar la comunicación. La intensidad de ambas acciones no importa demasiado. No nos podemos equivocar si nos acercamos a los niños con amor y aceptación.

 

Fragmentos tomados del libro:

Jones, Gerard (2002) Matando monstruos, por qué los niños necesitan fantasía, super héroes y violencia imaginaria, Editorial Ares y Mares, Barcelona

 

www.valores-mexico.org

 

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