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El odio no se cura con planes de desarme PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Roberto Luna/Cèlia Roca   


Valor sugerido: NO VIOLENCIA/Empatía


Roberto Luna es experto en conflictología y consultor de la UOC (Universidad Abierta de Cataluña).

Se interesó por la resolución de conflictos mucho antes de que la universidad española decidiera apostar por ella. Y cuando esto ocurrió lo hizo de la mano de la UOC, donde hoy trabaja como consultor.

Tinerfeño de adopción, Roberto Luna (Córdoba, 1970) es perito judicial por el Instituto de Ciencias Criminológicas y posee el título de Máster Internacional en Resolución de Conflictos.




P: Pese a haber cursado Turismo y Relaciones Laborales, decidió orientar su carrera a la resolución de conflictos. ¿A qué obedeció este cambio?

R: A la decisión de dedicarme profesionalmente a la paz, pero también a una serie de vivencias. Una de ellas fue mi estancia en Irlanda del Norte, donde entré en contacto con personas cercanas al conflicto que allí se vive.


P: Allí participó en reuniones secundadas por activistas del IRA y el gobierno británico. Imagino que la experiencia también influyó en su decisión.

R: Sí, aunque creo que más bien fue el detonante para buscar formación universitaria en este ámbito: si me iba a dedicar profesionalmente [a la resolución de conflictos], quería formarme mejor. Fue entonces, hace ocho años, cuando conocí los programas de la UOC sobre conflictología, campo de estudio que acababa de iniciarse en nuestro país.


P: ¿En qué ámbitos se aplica esta disciplina?

R: Los conflictos son como el aire: casi nada escapa a su contacto. La conflictología está presente en gobiernos, tratados, relaciones internacionales, universidades, colegios, empresas… Es abierta, transversal e interdisciplinaria; algo así como una disciplina de disciplinas. Desde el Área de Cooperación Humanitaria, Paz y Sostenibilidad de la UOC se ofrece formación en conflictos armados, gestión de crisis y mediación familiar, educativa, política y social.


P: El año pasado compaginó la docencia con su labor en la Asociación San Juan, que acoge a adultos con discapacidad intelectual. ¿Qué podemos aprender de ellos?

R: A pesar de sus problemas personales y familiares, venían todos los días con una sonrisa y muchas ganas de trabajar. Por otro lado, uno de los mejores regalos de mi vida me lo hicieron allí. Uno de los chicos, al que enseñé a escribir su nombre, escribió también el mío sobre un papel.


P: Previamente había trabajado para el Ministerio del Interior, enfrentándose a casos de maltrato, racismo, mafias? ¿Qué balance haría de esta etapa?

R: Me permitió constatar que el maltrato no entiende de colores ni de nacionalidades, que el arrepentimiento existe, que el perdón a veces se otorga por miedo y que la aceptación de haber hecho algo es más difícil que la negación.


P: También ejerció de traductor e intérprete para la policía en el sur de Tenerife, en uno de los principales focos de inmigración irregular en España. ¿Qué dramas se ocultan tras los cayucos?

R: Más que ocultarse, nos enseñan las dificultades que los recién llegados atraviesan en su país de origen. La empatía ayuda a entender qué empuja a una persona a arriesgar su vida para buscar algo mejor. ¿Qué puede incitar a una madre o a un padre a meter a su hijo en una patera o en un cayuco? Su perspectiva de futuro no es el dinero: en determinadas partes del planeta este anhelo se reduce a la supervivencia, y no a las posesiones materiales. Por eso tantas personas se embarcan en ese viaje. Lo mismo que haría yo si estuviera en su lugar.


P: Recientemente, el ejecutivo español aprobó su nueva Ley de extranjería. ¿Qué opinión le merece?

R: La Ley no resuelve el conflicto: sólo lo parchea. Esta es la cuarta reforma, y ya deberíamos haber llegado a algo bueno. No obstante, no creo que los flujos de inmigración se puedan reducir ni conducir mediante leyes. Por ejemplo, ningún texto paró a los espaldas mojadas, a los que saltan los muros, a los que llegan como turistas y se quedan, a los que alcanzan la costa en pateras. La crisis probablemente reduzca estos flujos, aunque sólo momentáneamente, hasta que se produzca la recuperación económica. En cuanto a las condiciones de los sin papeles, ¿qué les decimos? ¿Bienvenidos a la crisis del primer mundo?


P: Un primer mundo cuyos medios de comunicación silencian los conflictos armados que sacuden África.

R: Esto no sucedería si los conflictos tuvieran lugar cerca de nuestra casa, en nuestro país o en Europa, territorios en los que ya no entendemos —ni aceptamos— resolver los problemas mediante ataques armados. Parece que nuestra sociedad ya tiene bastante con salir adelante en su primer mundo en crisis, expuesto a la información continua de guerras, atentados, pobreza, cambio climático… Habría que reflexionar sobre nuestros valores.


P: También en estos últimos días los paramilitares protestantes de Irlanda del Norte han anunciado su desarme. ¿Piensa que su postura será definitiva?

R: Quisiera pensar que sí. Sin embargo, coja usted a un niño, edúquelo odiando y anímelo a su vez a que eduque a los suyos en el odio, alentado por la sociedad, la familia, el entorno... ¿Cree que algo así se cura con planes de desarmes o con una firma? Yo creo que no. El odio está tan arraigado, tan adentro de las personas, que es difícil encontrar alguna de ellas que no haya conocido el dolor por este conflicto, un dolor que se atenúa con otro dolor, una espiral que lleva muchísimo tiempo infectando la isla y a sus gentes. Los que están ahora frente a frente pueden deponer sus armas. Ahora bien: ¿quién asegura que sus hijos e hijas no las volverán a empuñar?


P: ¿Cree que el proceso de paz en el Ulster podría extrapolarse con éxito al conflicto que se vive actualmente en el País Vasco?

R: No: lo único extrapolable desde mi punto de vista es el dolor. Y este es siempre el mismo, ya sea irlandés, inglés o vasco. A lo sumo, habría que considerar que el proceso de paz en el Ulster es precisamente eso: un proceso, es decir, algo que no se ha detenido. Como en el País Vasco. Es cierto que el desarrollo de ambos conflictos puede presentar líneas similares —formas de atentar, exigencias, financiación...—, pero en este caso no hablamos del proceso de paz, sino del proceso del conflicto. Y, obviamente, ambas situaciones no son comparables.


P: En esta nueva etapa de la sociedad del conocimiento, ¿cómo pueden contribuir las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) a paliar los conflictos internacionales?

R: Las TIC son máquinas: por sí solas no pueden contribuir a unas relaciones internacionales más justas. De hecho, los países más pobres carecen de redes de comunicaciones. Tan sólo podemos seguir hablando de brechas digitales y buscar maneras de salvarlas. Sólo el 20% de la población mundial tiene acceso a la red, y en África este porcentaje se reduce al 6%. Antes de adoptar las TIC habría que tener en cuenta otras prioridades: comida, agua potable, educación, sanidad, paz...


P: Y, ya para acabar, proponga una receta para una sociedad más equitativa.

R: Pierda su identidad y gane una nueva, que englobe a todos los seres humanos. No sea cordobés, andaluz, español o europeo. Sea del mundo.


Roca, Cèlia (2009), Wok! noticias de la UOC en su punto, número 42, España

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